El viaje a ninguna parte

Emprender hoy día, en el país en el que vivo, es algo parecido a un viaje a ninguna parte. Sólo apto para amantes de la aventura a los que no les preocupa saber que puede no haber ni final ni feliz.

La vida tiende a la sencillez. Por eso, llegar a la compleja diversidad de modos y maneras de hoy día, precisó de un comienzo sencillo, simple, al alcance del diseñador más perezoso.

Todo comenzó con unas cuantas bacterias. Hace unos 4.000 millones de años que están aquí, casi desde el principio, y continuarán todavía un rato más cuando el ambiente se haga irrespirable para el resto. Ellas solitas, con su perfecta sencillez dieron lugar a toda la incontable variedad de formas vivas que hoy podemos señalar con el dedo.

Conociendo esta premisa, tal vez un dirigente político con visión de futuro, alguien al que por ejemplo se le hubiese encargado la compleja misión de cambiar el modelo económico de su país, que se dedicó al monocultivo del ladrillo y el sol durante las últimas décadas, prestaría un rato de atención a las bacterías. Luego bastaría un pequeño paseo por el zoo para darse cuenta de que, para maravillarse con la elegancia de las jirafas o la mirada desafiante del león de la sabana, no se precisa otra cosa que un comienzo sencillo.

Y entonces el político le pediría a su chofer que le llevase a toda prisa a su despacho, de camino tomaría algunas notas apuradas en una libreta, aflojaría el nudo de la corbata y nada más pisar la alfombra roja del ministerio, ordenaría que le pusiesen ipso facto con el Presidente.

Oiga, sí, señor Presidente, ya tengo la solución, ya sé cómo hacer que las empresas crezcan como hongos a lo largo del territorio nacional. Una vez generado el caldo madre, de esa proliferación masiva, la selección natural hará su inevitable trabajo y así llegaremos un día a maravillarnos con la diversidad de modos y maneras al alcance de las generaciones futuras.

¿Y qué es la sencillez aplicada a la creación de empresas?

Pues mire usted, señor Presidente, vamos a simplificar ese farragoso proceso que supone para un emprendedor lanzarse a la aventura de generar su propio pan. Vamos a evitar la obligación de tener al menos 3.000 euros en el bolsillo, más otros setecientos aproximadamente para visitar a un notario, que por cierto tarda un rato en dar vez, evitemos que pase y pague en el Registro Mercantil, ahorremos la visita al Registro de la Propiedad, no le pidamos que cumplimente un número n de folletos por duplicado en la Delegación de Hacienda y no le condenemos a correr agotado hasta la oficina de la Seguridad Social con un puñado de fotocopias para terminar la maratón. Eso, señor Presidente, no hay vida que lo resista y es lógico que muchos abandonen por el camino. Pongámoslo sencillo, un papelito en el que cuñamos un sello y ya está. Y para que estén contentos y trabajen a gusto, hasta que no ganen al año una cifra interesante, esa en la que uno deja de sobrevivir y comienza más o menos vivir, que paguen unos impuestos reducidos.

¿Y dice usted señor ministro que con eso vamos a generar empresas?

Bueno, creo que sí. Me parece que sí, señor.

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